Conocimos a Agustín Ferrer (Pamplona, 1971) en el Festival del Cómic de Sagunt, SPLASH, con la segunda novela gráfica que publicaba para Grafito Editorial, Arde Cuba, una historia extraordinaria con Errol Flynn metido de lleno en una trama de acción y espías, con el telón de fondo de la Revolución Cubana. Agustín ya nos había mostrado su habilidad a la hora de narrar  historia en Cazador de Sonrisas en 2015.  Hablamos con su autor sobre el libro, que nos lleva en primera clase a un momento temporal de cambios, intereses, ideales e injerencia americana. Todo con una capacidad compositiva y sobria sin esquivar el humor.

Aguntín, sabemos que eres autodidacta, ¿cómo comienzas a dibujar?, ¿te hubiera ayudado en algo más haber cursado Bellas artes, ilustración o dibujo?

En mi caso, desde pequeño me aficioné a manchar papeles, cuando no paredes. Me gustaba dibujar, pero sin mayores pretensiones. Sí que me interesé, a través de libros de dibujo y pintura, por saber más y mejorar en esta afición. Pero en ningún momento tuve en mente cursar algo más oficial, como los estudios de Bellas Artes.

Aunque tampoco era cuestión desaprovechar la aparente facilidad que tenía para el dibujo. Así que decidí cursar Arquitectura. Una carrera en la que se suponía que saber dibujar era una ventaja. Pero al final, después de cuatro cursos, la abandoné para acabar como arquitecto técnico con un título bajo el brazo para poder trabajar. De hecho estuve trabajando durante trece años y medio en un estudio de arquitectura.

Boceto Arde Cuba

He de decir que nunca me habían interesado los tebeos, más allá de haber leído en la tierna infancia a Ibáñez y su Mortadelo. Después pasé por Astérix y Tintín. Algo de manual, pero sin mayor profundización.

Hasta que vi una serie emitida por EITB, la televisión autonómica del País Vasco, titulada “Grandes maestros del cómic”. Por allí desfilaban, en episodios monográficos, autores como Moebius, Enki Bilal, Howard Chaykind, Charles Schulz, Miguelanxo Prado, Mattias Schultheiss, Alan Moore, Alberto Breccia, Tanino Liberatore, François Schuiten… Y tuve una epifanía ¡con veinte añazos! El mundo del cómic se abría ante mí en toda su gloria.

Coincidiendo con una asignatura de la carrera, Estética, profundicé en el tema a través de un trabajo sobre el Noveno Arte. Pero todo muy teórico. Todavía me quedaba, mediante el dibujo y la narrativa, ver si era capaz de crear una historia.

En ese punto se cruzaron en mi camino los concursos de cómic. Aquellos que proliferaron hace años  en pueblos, villas y ciudades de nuestra geografía. Y el bautismo de fuego, casualidad, se convocaba a treinta metros de mi casa. Decidí probar suerte participando, para ver si era hábil o tenía dos manos izquierdas para hacer algo decente. Debí de estar capacitado porque gané el primer premio, yo, ¡un novato con su primera historieta corta!

Y así, tomándolo como una distracción, entre estudios primero y trabajo después, durante casi veinte años conseguí una treintena de premios en otros tantos concursos. Creo que esa fue la mejor forma, de manera autodidacta, de pulir y mejorar mis maneras hasta llegar a mi estilo actual, uno que me hace reconocible.

Aunque en algunos momentos sí que me ha dado envidia ver los trabajos de otros y comprobar que yo nunca he tenido esas herramientas y conocimientos adquiridos a través de una carrera como Bellas Artes. Pero ya es un poco tarde para mí. Lo que sé lo he aprendido a base de fallo y error. Cuando he descubierto lo que me funciona y cómo hacerlo, he encontrado mi propio estilo.

“Si yo puedo contribuir a ello, mínimamente, mostrando que las revoluciones se gestan para combatir las injusticias, me doy por satisfecho”

Agustín Ferrer

Arde Cuba es un una historia muy interesante que narra de desde un evento real una trama ficticia, y de ahí su verdadera complejidad narrativa. Su dibujo parece muy orgánico y natural, ¿Cuál es el proceso para plasmar en papel la historia, primero un storyboard o usas otras herramientas?

Puede que sea el más anárquico de los dibujantes, puesto que nunca me he planteado hacer un storyboard como tal. Creo que soy un poco vago para esas cosas, ponerme a dibujar y dibujar. ¡Buf! Me entran calores sólo de pensarlo.

Mi método es más simple. Sobre una sinopsis bastante elaborada, en el que no figuran diálogos, calculo cuantas páginas va a ocupar cada escena, siempre pensando en un número par –o impar si estamos hablando del comienzo o final del cómic. Más o menos lo compongo mentalmente. Después, al desarrollar la parte escrita, ratifico si me estoy quedando corto o no en esa adjudicación de páginas, pero sin dibujar nada más que el rectángulo de la hoja, nunca el contenido interior.

Página Arde Cuba

Cuando paso a dibujar cada escena es el momento en el que aboceto, de aquella manera, el contenido de esa página. Generalmente el A4 que represento no llega ser mayor de 6x4cm y siempre pienso en el contenido de la página siguiente, aunque no se trate de una página doble. Más que nada por dar continuidad a la escena cuando se tiene el libro abierto, viendo página izquierda y derecha. Puede que esté contando perogrulladas, pero a mí esto me ha funcionado siempre.

Después el proceso es el clásico –para mí, repito. Hago el boceto en A4 a lápiz (o A3 apaisado si es una página doble), calco el resultado sobre un papel Canson de 160g/m2 de color gris trianon (mi preferido), vuelvo a dibujar a lápiz sobre ese papel, entinto con rotulador calibrado fino, borro el lápiz, humedezco el papel y lo fijo a un tablero con chinchetas para que no se deforme con el uso de las acuarelas. Dejo que se seque, salvo que tenga que hacer un cielo, en cuyo caso uso la humedad del papel para trabajar con la aleatoriedad que permiten acuarelas y acrílicas. Cuando está el papel seco, pinto y coloreo como un crío. Acabado este trámite delimito los contornos con rotuladores calibrados valorando con grosores las diferentes profundidades de lo dibujado. Lo cercano más gordito y lo lejano más fino, cuando no difuminado. Y, por último, escaneo el resultado, limpio y corrijo alguna pifia, que yo también me equivoco, y maqueto la página con sus bocadillos y textos. Así que, salvo la fase de escaneo e introducción de textos, el resto del proceso es analógico.

Cazador de Sonrisas fue tu primera novela gráfica, ¿cómo te enfrentaste al formato de una novela gráfica, se tiene el mismo vértigo, en caso de tenerlo, entre la primera obra y la segunda?

Lo cierto es que Cazador de Sonrisas es mi primera novela gráfica larga, pero dos años antes dibujé otra de 46 páginas, Cartas desde Argel. Y antes de eso sólo había hecho historias cortas de no más de seis páginas, como he comentado antes, con las que participaba en certámenes de cómic. Pero nunca había publicado o participado en fancines o similares. Era algo sólo para mí.

Dibujar Cartas desde Argel suponía un salto importantísimo en mi dinámica de trabajo. Fue el momento en el que decidí probar suerte como profesional en este medio, entrando en la dinámica del mundo editorial. Este cómic obtuvo el  Premio Manchacómic 2016.

Imagen Arde Cuba

Saltar a una obra más larga como Cazador de Sonrisas suponía dedicar un año y pico de vida en su desarrollo. Pero una vez que empiezo algo no suelo dejarlo, salvo crisis insuperable o que surja algo mejor. Y en este caso, como en todos los anteriores, no partía de un encargo. Era una apuesta personal que, una vez terminada, presenté a Grafito Editorial. Y, una vez más, salió bien. Cambié un par de cosas por sugerencia de mis editores, hice la portada y lo publicaron. Y va por su segunda edición.

El caso es que, por mucho que se llegue a publicar, reconozco que entre una obra y otra, yo al menos, sí que siento ese vértigo. O puede que sea vacío. O depresión posparto, ¡vete a saber! Y eso se pasa una vez que se empieza el siguiente título. Ahí se deja uno de tonterías porque lo único que tiene en mente es acabar el trabajo y acabarlo bien. Mejor que el anterior.

¿Por qué eliges ese momento histórico con Errol Flynn y aquella Cuba, de la cual partes para inventarte una trama trepidante?

 Parece que me he especializado en ese contexto histórico concreto, el comienzo de la década de los sesenta. Ahí también se desarrollan parte de las historias de Cartas desde Argel y Cazador de Sonrisas.

El caso es que mis editores de Grafito, Yolanda Dib y Guillermo Morales, me ofrecieron publicar un segundo título para su sello. Yo andaba metido en otra historia, la novela gráfica sobre el arquitecto alemán Mies van der Rohe, una biografía ficcionada de largo recorrido. Así que me sugirieron que lo aparcase y me propusieron un par de ideas.

Boceto Arde Cuba

Yo opté por ésta en la que se podía hablar de la Revolución cubana desde el punto de vista de sus protagonistas. Además me gustó que la entrevista entre Erroll Flynn y Fidel Castro –que sirve como escusa para introducirnos en la historia y que yo desconocía por completo- fuese un hecho totalmente real. Incluso el actor se hizo acompañar por un fotógrafo, llamado realmente John McKay, aunque se le ha cambiado el nombre y se le ha convertido en el narrador. Iba a ser una historia con mensaje, acción, una pequeña dosis de humor y una buena ambientación. ¿Qué podía fallar?

Así que volví de nuevo a esa época que considero fundamental en la historia. Creo que muchos de los barrizales de los que intentamos salir en la actualidad tienen su origen en problemas creados y no resueltos en aquellos años. Como el fin del colonialismo y la Guerra Fría. Una Guerra Fría que parece resurgir en nuestros días con dirigentes imbéciles y pacatos enfrentados por los mismos intereses de siempre: los económicos. La historia es cíclica y es mejor conocerla para intentar no repetirla. Si yo puedo contribuir a ello, mínimamente, mostrando que las revoluciones se gestan para combatir las injusticias, me doy por satisfecho.

«Los comentarios positivos de turistas y de los propios cubanos me han confirmado que la ambientación de La Habana ha sido muy acertada»

Agustín Ferrer

 

Dijiste que no habías visitado Cuba nunca, ¿cómo has logrado que nos podamos meter en la isla con tanto detalle, tuviste asesoramiento de cubanos o personas que hayan vivido allí?

No, nunca he viajado a Cuba –y eso que me hubiese gustado hacerlo con Fidel Castro aún vivo. Pero ¡me da miedo volar! Soy un caga’o.

Al margen de mis fobias, lo cierto es que los comentarios positivos de turistas y de los propios cubanos me han confirmado que la ambientación de La Habana ha sido muy acertada. Y es que me documenté a través de una guía de viajes de la ciudad y numerosas fotografías de la época encontradas a través de Internet. Aunque estas últimas, la mayoría, eran en blanco y negro. Pero, afortunadamente para este cómic, la isla no ha cambiado estéticamente en sesenta años. Sí que había que considerar que muchos de los elementos publicitarios de la época desaparecieron una vez triunfó la Revolución. No tenían sentido mantenerlos cuando Estados Unidos y sus multinacionales comenzaron el bloqueo de la isla. Y debían aparecer en el cómic.

El resto era cuestión de mostrar en diferentes recorridos los lugares más emblemáticos de la ciudad y convertirlos en telón de fondo de la historia. Todo ello acompañado de la estética de la época y los coches, ¡ay, los coches! Y las armas, los tanques, los aviones, los caballos y…

Página Arde Cuba

Tu primera obra también la editaste con Grafito, ¿cómo llegaste o llegaron hasta ti?

Llegué a ellos de carambola. Sinceramente pensaba embarcarme en un micromecenazgo con este título. Pero antes tuve una oferta para hacer una cosa similar con el cómic de humor Las apasionantes lecturas del Sr. Smith a través de Libros.com.

La experiencia fue tan demoledora, supongo que por ser un autor desconocido, que abandoné la idea de entrar en un segundo micromecenazgo con Cazador de Sonrisas. Por eso lo envié a Grafito Editorial en el momento en que me enteré que buscaban obras que publicar. Fue un tiro a ciegas. No sabía que Grafito aún no tenía catálogo. Cuando aceptaron publicar este lisérgico libro se convirtió en su primer título en cartera, adelantándose por un poco al que iba a tener ese honor, Chorizos, atraco a la española del guionista Ricardo Vilbor y Ricar González como dibujante. Lo demás ya es historia, y de la buena.

Imagen Arde Cuba

Algo que sorprende es que algunas viñetas se salen de los márgenes, otras están en b/n pero también con color. ¿Por qué decides usar esos recursos, qué intentas transmitir?

Es una “marca de la casa”. Es algo que aprendí a la hora de hacer perspectivas y representarlas. Es como hacer que lo dibujado salga del plano de cuadro, en este caso la viñeta, para acercarlo al lector. Se sale del cómic, podría decir.

En el caso de lo que queda fuera de la viñeta y permanece en blanco y negro da una especie de idea del proceso de dibujo. Lo que está dentro de la viñeta está acabado y lo que queda fuera no. Es como centrar la atención en esa viñeta, que generalmente suele ser una vista bastante elaborada. Y parece que funciona. Mucha gente le sorprende y pregunta el porqué. En todo caso con ambos recursos pretendo transmitir dinamismo y vivacidad al cómic.