Javier Caro

El humor negro y la investigación se han dado la mano en mucha ocasiones, ahora me viene a la mente (aunque no sea estrictamente una historia detectivesca), Diez minutos antes de la medianoche de Enrique Jardiel Poncela. Esa mezcla siempre funciona si se sabe tratar con mimo y desenfado.

Salva Alemany (València, 1968) nutre a su nueva obra, Una mirada perdida, del costumbrismo local, de la risa en situaciones hilarante y una investigación llena de intriga. Seguimos a Casimiro, un investigador algo apocado, que junto a su asistenta del hogar, Conchita y otros variopintos personajes, donde hasta tiene cabida una galgo llamada Señorita Pérez, deben buscar a un niño chino desaparecido.

Hablamos con Alemany, que nos presenta este historia después de su éxito, Alacrán (Ed. Amarante), situada en la ciudad de València, su ciudad. Algo que le aporta mucha cercanía.

Salva, ¿de dónde surge la historia del libro, y por qué te decides por el humor?

El origen de mis novelas es siempre un misterio, no sabría decir de dónde surgen, y tal vez por eso me resulta tan apasionante el acto de escribir. Nunca planeo nada, no tengo una historia pensada, no hago escaleta, ni siquiera tomo notas, no hago un índice de capítulos ni de personajes.

No sé hacia dónde voy, simplemente comienzo a escribir y las historias van tomando forma conforme avanzo. A veces es una simple frase, otras un personaje o un diálogo. Es durante el proceso de escritura, al progresar la historia, cuando comienzo a documentarme.

En Una Mirada Perdida el inicio es un largo diálogo entre dos personajes el detonante de la trama, es lo que fija el tono de la novela y la impulsa en una dirección. Lo único que tenía claro al comenzar es que iba a ser una comedia. La razón es que la Anterior novela, Alacrán, era una historia muy violenta, muy dura.

Y me apetecía probar algo nuevo, menos intenso. Me temo que no he sido capaz de alejarme del todo de esa violencia, que parece atraerme de alguna manera inconsciente y la historia tiene también tintes muy negros, muy trágicos, pero siempre desde un punto de vista un tanto absurdo.

La tragedia tiene siempre algo de cómico, hay algo risible en la desgracia, quizás sea un mecanismo de defensa, que nos permite relativizar la dureza de algunas situaciones. Si nos fijamos bien, todas las grandes comedias están basadas en hechos trágicos, muertes, funerales, persecuciones, asesinatos.

Era consciente de estar asumiendo un riesgo, ya que el humor no es un género muy popular, al contrario de lo que ocurre en el cine, donde las comedias gozan de gran aceptación. Me resulta difícil entender la razón por la cual el humor en la literatura siempre se ha considerado un género menor.

Digamos poco serio, cuando debería ser todo lo contrario. Tal vez por ello se escribe muy poco humor. Y es una pena.

“La tragedia tiene siempre algo de cómico, hay algo risible en la desgracia, quizás sea un mecanismo de defensa, que nos permite relativizar la dureza de algunas situaciones”

Salva Alemany

salva alemany
Salva Alemany, autor del libro, Una mirada perdida

Nos hemos reído mucho con la perra, Señorita Pérez. ¿Cómo piensas en ese personaje tan… diferente como perro guía?

Supongo que el hecho de que el protagonista, Casimiro, sea un investigador ciego, se prestaba a la aparición de la Señorita Pérez, su perra guía. Siempre me ha maravillado esa gente que pone nombres humanos a sus mascotas. Un síntoma más de nuestra locura.

Hace tan solo unos días, caminaba por la calle y delante de mí iba una señora paseando a un pequeño chucho que se había detenido a mordisquear algo que había en la acera. La señora, al notar el tirón de la correa, se giró y le espetó al perro: “Como te vuelva a ver comer algo del suelo, te parto la cara”. Así, tal cual. Te parto la cara, le dijo al pobre perro.

Eso es una maravilla que no se me habría ocurrido escribir jamás. La Señorita Pérez es una pobre galga sarnosa a la que le ha caído el papelón de ser confundida con una perra guía. Es un personaje importante que pone el contrapunto para acentuar la soledad de Casimiro, que en el fondo es un ser digno de compasión.

La Señorita Pérez es un personaje más, no es tanto que esté humanizado como que se integra entre los demás seres extraños y absurdos que pueblan la novela, tiene su mundo propio, su personalidad y la novela no sería la misma sin ella.

Hablamos con el escritor alicantino Blas Ruíz

¿Es Shelock Holmes un referente llevado al humor más cañí?

Cualquier historia detectivesca tiene siempre como referente a Sherlock Holmes, aunque no seamos conscientes de ello. Es un personaje que ha superado en popularidad a su propio autor, que fijó las bases del procedimiento investigador en la novela de detectives.

También Conan Doyle dotó a Sherlock Holmes de un escudero como Watson, alguien que ponía cordura en el loco mundo de Holmes. Hay, inevitablemente, algo de eso en la pareja formada por Casimiro y Conchita, una empleada de hogar metida a detective.

Pero si miramos mucho más atrás en la historia, es Cervantes en el Quijote quien crea ese tándem de personajes maravillosos que son ya un referente y un modelo. Don Quijote y Sancho Panza, la locura y el ideal junto a la cordura y el pragmatismo.

Ese modelo ha sido repetido una y mil veces en la literatura, desde las novelas policíacas hasta el cómic con sus historias de superhéroes.

Quizá en Una Mirada Perdida, como bien dices, el humor sea un poco más cañí, más de barrio, con un personaje como Conchita, criada por las monjas y que ha pasado toda su vida currando de limpiadora y tratando de mantener a sus dos hijos.

“Yo he intentado que la comedia venga siempre del lado de los personajes, y nunca de la historia que cuento”

Salva Alemany

salva alemany
Salva Alemany, autor del libro, Una mirada perdida

¿Es difícil escribir una novela negra con humor y que no parezca una parodia donde está algo tan serio como la mafia china?

La comedia, como te decía antes, es un género muy arriesgado. Porque todos tenemos un sentido del humor muy particular, cosas que a uno le dejan frío a otros les hace desternillarse de risa.

No importa lo bien armada que esté una trama, lo bien contada que esté, cuando haces comedia, si el lector no esboza una sonrisa, si no consigues que entre en ese plano irónico y un tanto absurdo, has fracasado.

El riesgo al introducir una trama negra, con un asunto tan serio como el tráfico de personas o la mafia china en una comedia es que el lector considere que por un lado o no es un asunto risible, o bien le quite importancia a los hechos dramáticos que se narran.

Es un equilibrio complicado. Yo he intentado que la comedia venga siempre del lado de los personajes, y nunca de la historia que cuento. Tal vez por ello la novela da un giro mediada la trama en la que la tragedia le gana la partida al humor.

Mi intención es que el lector se ría con los personajes, no con los hechos que investigan, que son muy serios. La parodia siempre tiene que ver con su forma de ser, con la relación que se establece entre ellos, no con los hechos que se cuentan.

Hemos leído por ahí, que dirigiste el primer Club de Lectura de Novela Negra de las bibliotecas municipales de València. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia y qué repercusión tuvo, todavía se realiza?

Sí, es una experiencia muy interesante que tan solo lleva un año en marcha. Yo trabajo en el Servicio de Acción Cultural del Ayuntamiento de València, que gestiona, entre otras muchas cosas, la red de bibliotecas públicas municipales.

Los clubs de lectura son una de las actividades que realizamos, pero me di cuenta de que pese a ser uno de los géneros más demandado, no existía un club de lectura específico de novela negra. Así que me puse a ello y comenzamos a principios de año. El éxito de público fue instantáneo, y tenemos una larga lista de espera.

Celebramos una sesión mensual en la que revisamos y comentamos obras de género negro. También intento traer a escritores a las sesiones para que nos hablen de sus novelas, aunque desgraciadamente el escaso, por no decir nulo, presupuesto hace que no pueda hacerlo tan a menudo como me gustaría.

También se celebró el año pasado el primer encuentro de clubs de lectura, en el que invitamos a Alicia Giménez Bartlett. Este año, lamentablemente y pese al éxito de público, no ha tenido continuidad, y es una verdadera lástima.

Comprobar el nulo interés que las personas responsables tienen en el fomento y la promoción de la lectura, es una de las cosas más frustrantes con las que me encuentro cada día en la administración pública.

“ Nos hemos convertido en clones en un proceso global, del que no está exento el pensamiento único”

Salva Alemany

Entrevistamos a Manuel Ríos por La huella del mal

Eres valenciano y has decidido enmarcar la historia en la ciudad, algo muy habitual, pero que no deja de ser interesante. ¿Por qué lugares de València transita la historia, y por qué los eliges como escenarios?

Pues curiosamente es la primera de mis novelas que está ambientada en mi ciudad, algo que también me apetecía mucho. Las anteriores transcurrían en lugares tan lejanos como Irlanda, en el caso de Éire, o México y Estados Unidos en el caso de Alacrán.

València es una ciudad que ha sufrido profundas transformaciones, no siempre para bien. Ese fenómeno, tan común en las grandes ciudades, que se ha dado en llamar gentrificación y que no es otra cosa que un cambio de modelo turístico, centrado en la llegada masiva de visitantes, ha arrasado con los barrios tradicionales, haciendo que pierdan su identidad.

Es una verdadera tragedia que no tiene marcha atrás y que nadie ha sabido prever. Con la crisis económica como excusa, los gobernantes han apostado por un modelo que supone la muerte de los barrios y el comercio tradicional. Ya no hay diferencias entre Madrid, Berlín o Milán.

Tan solo aquellas ciudades que conservan arquitecturas y tramas urbanas históricas resisten a duras penas. Pero ni siquiera eso supone ya una diferencia. Una Mirada Perdida es también una mirada a esos barrios que se están perdiendo, como el Barrio Chino, que fue foco de drogas y prostitución, El Carmen o Pelayo donde se encuentra el Trinquete Pelayo, que también aparece en la novela.

Antes uno podía viajar y encontrar diferencias en la gente, su modo de vestir, sus costumbres, horarios, no necesariamente tradiciones, pero sí una identidad que le confería una diferencia.

 Ahora eso ya no existe, uno encuentra las mismas tiendas, los mismos restaurantes, la gente viste de la misma forma, se divierte en locales idénticos, come en los mismos sitios, da igual que estemos en París o en Nueva York. Nos hemos convertido en clones en un proceso global, del que no está exento el pensamiento único.

¿Qué novela nos recomendarías que aúnen el thriller y el humor?

¿Cómo ha sido la respuesta del público, han entendido el tono?

Como te comentaba antes, la anterior novela, Alacrán, tenía un tono muy duro, muy violento, y es una novela que tuvo muy buenas críticas. Comparar Una Mirada Perdida con Alacrán resulta inevitable, y la comparación es jodida, porque se trata de otra cosa.

En general la gente disfruta y se ríe con Una Mirada Perdida, lo cual supone una enorme alegría. Mi mayor temor era que a la gente no le resultara graciosa, aunque el objetivo no era tanto hacer reír como sumergir al lector en una historia un tanto surrealista, con personajes estrafalarios y situaciones absurdas.

La respuesta está siendo muy positiva y me alivia comprobar que la novela funciona. También ha habido alguna crítica negativa, por supuesto, pero incluso de todo ello se aprende. A nivel personal he disfrutado mucho con la escritura de Una Mirada Perdida, ha supuesto un reto maravilloso.

Incluso hay quien se ha interesado por la historia para llevarla al cine. Y hasta ahí puedo contar.

 

 

 

 

 

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