Judas Priest, 50 años predicando Heavy Metal

Javier Lizán

Año 2080. Una adolescente que no acaba de encajar en la sociedad descubre entre los trastos que dejó su abuelo un viejo CD de unos tal Judas Priest. Eso del “Heavy Metal” suena super viejo, como del siglo pasado, pero su portada, aún hecha sin IA, impulsa su curiosidad. Parece tener esa personalidad y energía que falta a su alrededor. Sus búsquedas por internet apenas ofrecen resultados, pero en archive.org queda guardada una copia de un artículo escrito en el año 2026. ¡Este es ese artículo!

Muy flipado, ¿verdad? Dejando de lado el rollo peliculero, el objetivo de este humilde reportaje ese ese: testimoniar. Mucho se ha escrito sobre Judas Priest, pero mucho también se ha perdido ya, tanto en papel como en webs desaparecidas. Así que este es un granito de arena contra el olvido, un acercamiento a una banda clave del género que merece, como mínimo, que si el día de mañana un bro se interesa por su música pueda encontrar un mástil al que agarrarse. O una lista de reproducción:

Con un enfoque sónico, dejaremos de lado la parte biográfica para centrarnos más en la propiamente musical. Navegaremos por décadas y etapas ya comenzados los años 70, cuando el heavy metal ya existía como tal gracias a los venerados precursores como Black Sabbath, Led Zeppelin, Deep Purple, y otros tantos menos reconocidos.

Años 70, redefiniendo el Heavy Metal

Esta primera etapa es esencial en el reconocimiento de Judas Priest como transformadores del Heavy Metal, es decir, pioneros de lo que posteriormente sería la New Wave of British Heavy Metal (NWOBHM), que llevaría a nuestro preciado ruido a su mayor cota de popularidad en los años ochenta.

Nos referimos especialmente a su segundo y tercer álbum, muy queridos entre los fieles debido a la abrumadora cantidad de detalles que se pueden comentar de sus canciones y su influencia en el futuro. En Sad Wings of Destiny (1976) ya sentaron cátedra con cortes como Victim of changes, una composición de manual del nuevo metal: riff inicial machacón, guitarras “gemelas” de Glenn Tipton y K.K.Downing, interludio calmado, agudos estratosféricos; por no hablar de la teatralidad y temática oscura de The ripper, el dramatismo de Dreamer deceiver, seguido del ritmo arrollador de Deceiver o el fraseo innovador en la segunda mitad de Genocide, para muchos el pistoletazo de salida del thrash metal.

Nada más comenzar a sonar Sinner, de su tercer LP Sin After Sin (1977), me arrolló ese sonido compacto, la precisión de la percusión y el bajo de Ian Hill clavando un ritmo imparable, y muy especialmente el registro de Rob Halford, también conocido como Metal God, con los agudos limpios que venía mostrando anteriormente, pero complementados con esos medios tonos algo más guturales tan característicos suyos.

Pero lo más representativo en estos años sigue siendo la avidez por experimentar, que continuaba en este disco. Aunque ya habían visto la luz cortes rápidos como Breadfan de Budgie (1973), fueron nuestros protagonistas quienes más hincapié hicieron en desarrollar la velocidad del género, con incursiones de doble bombo y ritmos de semicorchea a las cuerdas para darle a los cortes un carácter más acelerado, como bien ejemplifica Call for the Priest, poniendo la primera piedra en la construcción de nuevos subgéneros como el speed metal.

Estoy a unas líneas de hacer una tesis doctoral sobre sus inicios, pero tampoco es plan. Simplemente piensa en canciones de ese año de Scorpions, Kiss, Rainbow, UFO, etc (todo temazos indudablemente) y luego escucha Dissident agressor de… ¡1977! Creí volverme loco. El conductor del coche que tenía al lado en el semáforo también lo creyó.

Los siguientes álbumes de los británicos (Stained Class y Killing Machine, ambos de 1978) son menos experimentales, más centrados en afianzar el sonido de la banda, que mantenía temas “speedicos” como Exciter y Hell bent for leather (¡me obsesiona el hi hat de Les Binks a la batería!), medios tiempos con una épica insuperable como Beyond the realms of death, pero también algunos cortes de hard rock como su clásico Delivering the goods.


Años 80, predicando a las masas

Momento clave. Detén la música que estés escuchando. Deja de leer en diagonal, ya sé que me enrollo mucho, ¡maldita sea! Hasta 1980, la popularidad de Judas Priest era relativa, pero ese año pegan el pelotazo con el mítico álbum British Steel, que conseguía un equilibrio perfecto entre su faceta heavy y lado más hardrockero, con un sonido redondo a mucha distancia de sus discos anteriores.

Plagado de grandes hits de la banda como Breaking the law, me sorprende la pegada del batería Dave Holland hasta en temas más hard rock como su himno Living after Midnight. Sí, es uno de sus temas más simples (quizá también por eso su éxito), pero compara esa batería inicial con, por buscar un inicio similar, el Highway to Hell de AC/DC. ¡A mis auriculares les flipa!

Y si luego escuchas Rapid fire… ¡vaya enganche! La primera vez que lo escuché lo hice en bucle. Un tema arrollador, con mucha rabia, frenético… ¡y sin estribillo! Y la verdad es que no se echa de menos. Son dos vertientes curiosas de la banda que, como decíamos, encuentran aquí su armonía: hits accesibles y pepinazos que no necesitan estribillo, como dejaron claro repitiendo la jugada en Steeler, con un último minuto y medio que personalmente hubiera alargado 5 ó 10 minutos para gozo de mi excitado nervio auditivo

Si hay algo que caracteriza la carrera de Judas Priest son los tropiezos cuando parecía que iban a asaltar los cielos. Bueno, seamos benévolos, dejémoslo en álbumes que no son lo que uno espera en su trayectoria. Quizá por ambición, o por inquietud musical, quién sabe. Con esa presentación ya puedes imaginar que Point of Entry (1981) no es lo que se esperaba en ese momento, sino más bien un álbum irregular y disperso, quizá demasiado hard rock, del cual extraer unos cuantos cortes (eso por descontado) y poco más.

Pero de toda caída se aprende, y en los siguientes años editaron otro par de álbumes que engrandecían su legado, especialmente en esta década. Screaming for Vengueance y Defenders of the Faith compiten entre sí lanzándose canciones emblemáticas. El primero de ellos (1982) inclina la balanza esta vez más hacia el heavy enérgico, pero sin dejar de lado sus composiciones más accesibles y festivas. ¿Cómo iban a hacerlo? Cada vez que editaban una se convertía en éxito seguro, como fue el caso de You’ve got another thing comin’. A destacar también himnos como Electric Eye o el acelerado homónimo, aunque personalmente recomiendo un corte más olvidado como Riding on the wind

Este LP flojea en un par de temas que lo dejan al borde del sobresaliente, cumbre que alcanza su sucesor de 1984 (Defenders of the Faith), un disco prácticamente perfecto, con la balanza destrozada a guitarrazos, donde recomiendo (casi) todas y cada una de las pistas que lo componen, especialmente la apoteósica primera mitad del álbum, que los afianza en el olimpo de los dioses del metal, pero también una majestuosa balada, estilo que habían dejado de lado en discos anteriores y que recuperan por todo lo alto. En resumen, disco clave de su trayectoria, uno de los favoritos sin ninguna duda.

Toca “tropiezo”. En Turbo (1986) se decantan por un hard rock muy americano para intentar afianzarse en ese mercado. No se puede decir que sea un mal disco, al contrario, un buen puñado de composiciones pegadizas (que por cierto suenan de muerte en su posterior álbum en vivo), simplemente es un cambio demasiado drástico para digerir. Turbo lover se ha convertido en un imprescindible en sus directos, pero en líneas generales es un elepé poco recordado.

Tras el batacazo deciden retomar la artillería pesada con el álbum Ram it Down (1988), que aglutina perfectamente su vertiente heavy de principios de los ochenta con el sonido de batería enlatado que en aquella época popularizó Phil Collins y que utilizaron en Turbo. Pese a las críticas que recibió, es uno de mis favoritos, una muestra perfecta de lo que era Judas Priest en aquella época, con grandes canciones como la homónima (y su puente épico), Heavy Metal o la genial Hard As Iron, una de mis preferidas del quinteto, algo sepultada por tantos años de trayectoria, pero con una gran fuerza, una melodía inolvidable en su estribillo, y una apuesta clara por el doble bombo que anticipaba algo grande.


Los 90, ¿habrá sorpresas?

Reconozco que me dan miedo los 90. Me explico: musicalmente es una época maravillosa (dicen que la última grande), pero también es cierto que en ese cambio de década algunas grandes bandas se desorientaron, cambiaron a peor su sonido buscando adecuarse a la época, modernizarse y todas esas cosas de la MTV. Pero no es el caso. Lo razono con una anécdota: cuando mis hijos pequeños me preguntaron “Papá, ¿qué es eso del heavy metal de lo que tanto hablas?” les puse el Painkiller (1990) de Judas Priest. En CD, como buen viejoven. La rueda del volumen se desencajó, las paredes vibraban y ellos gritaban entremezclando miedo y emoción. Los vecinos no lo entendieron. Servicios sociales tampoco.

Bromas aparte, Painkiller fue una apuesta decidida por un sonido puramente heavy, con una agresividad al límite del género, mucho doble bombo de la mano de Scott Travis, solos descomunales y registros vocales de Halford estratosféricos. Por momentos puede resultar abrumador para un oído profano, hasta las melodías tienen mala ostia. Llevó el heavy metal clásico a su máxima potencia, convirtiendo este álbum en un hito, toda una referencia, algo así como el nuevo testamento del heavy metal, especialmente por el tema que le da título, con uno de los comienzos más icónicos del género y quizá los mejores solos de la pareja Tipton-Downing. No me alargo más, ¡escúchalo!

Como en tantas ocasiones, esta banda que nos ocupa también necesitó un descanso de algunos años, que acabó con la salida de Halford y entrada de Tim Owens. Pasamos de puntillas: un par de discos donde se aventuraban con sonidos más thrashers, algún tema rescatable como Bloodsuckers y poco más que contar hasta el regreso del bueno de Rob en 2003, con un retorno discográfico (Angel of Retribution, 2005) que sólo con la apertura y el grandioso estribillo de Judas rising (y otros tantos cortes) ya vale la pena.

 

A partir de ahí, seamos sinceros, la época gloriosa terminó, pero no han bajado los brazos: han editado un puñado de discos que completan dignamente su expediente metalero. Algunos más conceptuales como Nostradamus, otros más directos como Firepower o Invincible Shiled, muy bien recibidos por las aún numerosas hordas metaleras que acompañan a esta titánica banda en sus más de 50 años de trayectoria redefiniendo, experimentando, afianzando, llevando a lo más alto y, en definitiva, predicando heavy metal. ¡Larga vida a Judas Priest!

PD: Si no eres el lector del año 2080, ¡aún puedes disfrutarlos en directo!