Sitges es algo más que un festival. Durante años he estado escuchando a colegas de profesión y amigos hablar de sus historias en el festival catalán. Siempre con ese grado de fascinación de quien estuvo en algo histórico: aquellas películas que censuraron después de pasar por el festival, ese director que le saludó, el otro actor con el que me hice una foto; pero, sobre todo, las historias giraban alrededor de la experiencia, única para muchos, de estar en Sitges. Tras algunos años en los cuales se nos pasaban las fechas para la acreditación o se solapaba con algo, lo fuimos postergando sine data. Este año teníamos que ir, vivirlo y sentir el dolor en la piernas de subir esa cuesta infernal hacia el Hotel Meliá.
Preparar el festival es un completo lío si eres novato. Sacar las entradas, si es que quedan, mirar atentamente que no coincidan con otro de los múltiples eventos y, por último, calibrar las distancias entre salas. Cuando tienes todo eso claro, más o menos, llega el momento de buscar alojamiento, algo muy complicado si lo dejas para última hora. Y por fin llega el día. Ropa, cargadores, el programa y a la carretera. El camino se hace pesado pero nos alegra comprobar como solo hay un peaje. El ambiente al llegar es asombroso. Sitges es un pueblo precioso. Lo primero que se debe hacer al llegar al festival es acudir a por las acreditaciones para entrar en las películas y eventos. Antes de eso, hacemos una parada en el Mercadona, al lado de la estación de trenes. Nos saluda un amigo, no llevamos ni dos horas en el pueblo y alguien nos saluda con amabilidad.

Al día siguiente será la famosa Zombie Walk y el chico del Mercadona nos señala que se pasarán, que ya llevaba doce años yendo al festival y les encanta. Y es que eso es lo más habitual cuando hablas con alguien de Sitges: gente que repite, que para ellos ese festival es su segunda casa, sus vacaciones. Nos espera la temida cuesta, que cada vez que se sube, y dependiendo de la hora, se torna más empinada. Un reguero de gente la sube. Se ven camisetas de Braindead, en esta edición homenajeada, del cine Mondo, del Fantaterror. Es un festival de diseños imposibles y de títulos de películas que jamás pensaste que estarían estampadas en una camiseta. Poca gente en la zona habilitada para prensa. Nos dan las acreditaciones, pero antes echamos un ojo a todas las instalaciones. Aquello es enorme. Identificamos la Sala Tramuntana, que está dentro del Hotel Meliá, por el camino al hotel vemos el Escorxador, otra sala más pequeña a la que no iremos, la zona de la red carpet, de la Fnac, de Kinótico… hay demasiadas actividades.
No queremos perder el tiempo, ni hacérselo perder al lector, así que vamos con las películas. Nuestra primera película, en la imponente Sala Auditori, es Karma (Guillaume Canet, 2026). Un filme thriller algo descafeinado que se pierde entre dos historias, siendo bastante cargante la segunda. Una película de suspense lenta y predecible donde Luís Zahera tiene un papel algo impostado. La sensación es extraña. La primera cinta que vemos ni se aproxima al terror ni al fantástico. Salimos y nos encontramos con Juanvi, más conocido en redes como El Peliculitas, hablamos con él y su mujer. Unas coca colas, unas risas y seguimos. En Sitges, si conoces a gente que le guste el género, te vas a encontrar con muchos de ellos. Un receso para elegir qué hacer entre todas las opciones. En el festival puedes ver una maratón de cine por las noches. Una locura de varias horas, que se puede alargar si sus protagonistas y directores las presentan. Bajamos a comer al pueblo, pasamos por el Cinema Prado y entramos a una hamburguesería, Big Al´s decorada con fantasmas y telarañas. Nos llama Jorge Adsuara, director de la revista Museo Fantástico, que esa noche iría al Prado a ver La Mala Madre (Alicia Albares, 2026). Charlamos un poco en el restaurante y nos despedimos. Llega la noche, con el cansancio del viaje, y nos enfrentamos a una maratón de tres películas.
Se hace la una de la madrugada y el director de The Cycle (Jordan Downey, 2026) sube al escenario, según Juanvi, la gente que la había visto le había maravillado. Las sesiones golfas tiene otro aliciente: el público está más desinhibido, pueden gritas o aplaudir como locos cualquier muerte o escena gore. Tras la alargada presentación comienza el filme. Su inicio como thriller, con el cadáver del desaparecido padre de la protagonista encontrado en la escena de un crimen, promete mucho. El desarrollo es inquietante, yo lucho contra mis párpados para nos dormirme, de repente, todo pega un giro y salta por los aire. No puedo contar más, pero el tercer tramo de la película es otro mundo de cine fantástico y gore. Salimos estupefactos, por el camino a la salida nos topamos con el director de Amor en Polvo, Juanjo Moscardó y nos señala lo mismo: esa sorpresa final que solo puedes ver en películas proyectadas en Sitges.
El sábado 10, después del tute que nos dimos el primer día – viaje incluido -, nos metemos en uno de los filmes al que le teníamos más ganas en Tramuntana. Colony (Yeon Sang-ho, 2026), del director de Train to Busain, que nos dejó sin palabras. Acción desmedida en una historia de zombies/infectados, pero en este caso con algo nuevo como su forma de comunicarse en forma de enjambre. Algo que la vuelve más impredecible La acción no tarda en comenzar dentro de un edificio enorme con un villano capaz de inocular el terror con su capacidad de controlar a los infectados. No cabe duda que el cine surcoreano domina el género de zombies. La ovación al finalizar la película hizo temblar el auditorio. A la salida nos volvimos a encontrar con Juanvi, que también estaba extasiado por la proyección. ¡Por fin veíamos una cinta extraordinaria en Sitges! Nos había conquistado la película de Yeon Sang-ho y nos había dejado con ganas de más.
Paseando por el recinto vemos a algunos compañeros de prensa apostados en la alfombra roja, que se situaba al principio de todo el tinglado, justo enfrente de la carpa de Fnac. Estaban a punto de llegar Kevin Bacon y Kyra Sedgwick, que este año recibían el Gran Premio Honorífico en el escenario del auditorio del Meliá. Al llegar había poca gente y nos colocamos en la zona donde pegaba el sol, algo que se agradecía. Entre la enorme cantidad de películas que pasaron iban a llegar ellos, además del músico, Travis Bacon, para presentar, Family Movie (Kevin Bacon, 2025). Delante nuestra estaba un grupo de fans con dvds de la primera parte de Viernes 13, donde Bacon tenía un papel y moría ensartado por el cuello. Al salir del coche la gente comenzó a gritar su nombre. Bacon se detuvo a firma autógrafos a algunos afortunados.
Exhaustos teníamos que comer algo, porque con los horarios de las películas y demás actividades no encuentras tiempo para el yantar. En la zona de food truck, a bastantes metros del festival, podías comer lo típico: hamburguesas, pizzas o burritos. Nada del otro mundo. Ese sábado iba a tener lugar la famosa Zombie Walk, que en esta edición cumplía 18 años. Aquello era un hervidero de niños ataviados con disfraces de zombies, Freddys y calaveras. En el paseo se había instalado unas carpas para maquillar a la gente, que en el momento en el que pasamos estaba hasta arriba de gente. Bajamos a ver el mercadillo en el paseo marítimo, un lugar donde encontrar todo tipo de camisetas, dvds y demás objetos relacionados con el cine fantástico y de terror.
Al final del paseo está, junto a la playa, el Centro Cultural Miramar, desde donde se daría el pistotetazo de salida a la caminata de los muertos vivientes. En el Miramar había instalado tres exposiciones magníficas, de esas que deberían estar todo el año. Por un lado, en la primera planta estaba, Solo son niños. 50 años de ¿Quién puede matar a un niño?. Un recorrido por las películas donde los infantes, poseídos o no, eran los protagonistas de nuestras películas favoritas (La Profecía, El Exorcista…) y por el otro, en la segunda planta estaban The Dark Side of Cinema, con algunos carteles de cine reinterpretados por el artista Mo Caró y vinilos de bandas sonoras en la exposición, Música para pesadillas, una colaboración entre el festival y la revista Exhumed Movies.
No acudimos a la Zombie Walk y nos vamos directos a cenar, al llegar un amigo nos dicen que Peter Jackson, el director de la trilogía El Señor de los Anillos, ha inaugurado la marcha zombie. Nos sentimos fastidiados por la noticia, que fue algo casi improvisado, pero con el estómago llego, algo importante para lo que nos queda de noche. Hacemos cola en el Prado, Juanvi, que también está por allí nos comenta algunas de las películas que ha visto y nos señala que uno de los directores que más le gusta del festival es el francés Quentin Dupieux. No puedo negar que desde ese momento en la fila de entrada al cine tengo ganas de ver sus cintas gracias a la pasión de Juanvi. El Prado es una sala de cine preciosa, llena de frescos y dibujos por sus paredes. The Heretiks, presentada por su director Gregg Bishop, nos introduce en un aquelarre por parte de unas brujas contra una pobre chica en la noche de Halloween. Una trama entretenida, de herencias sobrenaturales y defensa de la familia. No me maravilló, pero la gente salió contenta. Ahora tocaba lo peor: salir corriendo para intentar, al menos intentar, estar en la alfombra roja de Peter Jackson. Ya nos lo habíamos perdido en la Zombie Walk y no quería que volviera a suceder.
Por desgracia, no nos dejaron acceder a la zona de gráficos y lo vimos desde un lateral, junto a incondicionales que agitaban dvds de Braindead para que se los firmaran. Lo vimos y lo grabamos, pero no desde la perspectiva que nos hubiera gustado. Entramos en la sala Tramuntana para ver Rain Catcher (Michele Fiascaris, 2026), presentado por su director, que nos comentó que estaba basada en un cortometraje que también había pasado por Sitges. Rain Catcher es un filme muy emocionante, con una música electrónica brutal, que nos acercaba a un fotógrafo que subía sus fotografía, la mayoría privada y sin permiso, a Instagram y por esto había logrado muchos seguidores, hasta que un día se da cuenta que una mujer le persigue. La cinta abre demasiadas incógnitas y no sabe cerrarlas. Una lástima porque la puesta en escena y la interpretación de Dudley O´Shaughnnessy como fotógrafo está muy bien. Nos vamos a dormir con una Sitges sin apenas nadie en las calles.
El domingo 11 acudimos a la única película española que íbamos a poder ver, Upiro (Óscar Martín, 2026). Había varios factores que nos hacía querer ver el filme: el cartel de la película, de lo mejor que había visto en mucho tiempo y que Óscar Martín nos había deslumbrado con su primera película, Amigo (2019) Entramos a la sala Tramuntana, no sin antes cargar los móviles un rato en la zona de prensa y nos colocamos en la segunda fila de butacas, porque para prensa solo podíamos sentarnos en las dos primeras. Upiro es un filme oscuro, inquietante, donde el misterio en un convento, que se va revelando poco a poco, te lleva a la máxima tensión. Una buena historia, que, sin embargo, se queda por debajo de su ópera prima. Por los pasillos nos encontramos con Rick Baker, uno de los genios del maquillaje y efectos especiales (con 7 Oscars) y lo saludamos. Estas son las cosas que hacen increíbles a Sitges. Vamos al jardín del Hotel Meliá para asistir al photocall de Gummy, primera película del director Javier Prada tras una gran carrera en el cortometraje. Como la programación es enorme, no pudimos asistir a sus proyección.
Intentamos entrar en el Encounter de Peter Jackson en la Carpa Noray, nos ponemos a la cola pero finalmente, y ante nuestra decepción, nos quedamos fuera. Por la noche volvimos al Prado a ver Oddities con la presencia de su director Tyler Savage, que ya había pasado por el festival con el cortometraje de este filme, y que ahora, muy contento, presentaba el largometraje en Sitges. Junto a él subió la actriz Lilimar y la icónica Adrienne Barbeau, que estaba especialmente emocionada. Oddities es divertida, desenfadada, con personajes locos y muy rednecks. Salimos bastante contentos, sobre todo con ese final tan… digamos, sorprendente. Con el cuerpo reventado, y todavía en una nube, regresamos a dormir, no sin antes ir a comer un bocadillo.
El Lunes 12 estaba a punto de llegar el plato principal del festival por la noche, pero antes teníamos por delante dos de las mejores cintas de la edición. Comenzamos en Tramuntana con Historias de la noche (Léa Mysius, 2026), una historia donde nos metemos en la piel de una familia que vive en medio de la nada con su hija y una vecina pintora, una fantastica Monica Bellucci y que serán asaltados por tres individuos de los que no sabemos nada. No hay nada nuevo bajo el sol en este filme pero te mantiene entretenido y no decae el ritmo. Nos vamos rápido, sin ver los títulos de crédito, a ver Sanguine, una de las películas que más ganas le teníamos, por algo ha ganado el festival. El Auditori estaba lleno, Marion Le Corroller, directora primeriza de la película, la presentó en un perfecto castellano. En ese momento nada podía hacer presagiar que esa historia ganaría el festival. Sanguine es una película de body horror bastante clásica, donde la protagonista, Margot, es una médica que no puede cumplir con la exigencias de urgencias y de repente comienza a tener unos, digamos, problemas cutáneos… Algo nos decía que Sanguine tenía posiblidades de alzarse con el premio porque la cinta funciona a la perfección como crítica laboral, algo que dijo expresamente la directora, y de comedia negra.
Volvemos a la alfombra roja a la espera, con menos público enfrebrecido, de los protagonistas de Cinco minutos más, Javier Cámara y Berto Romero y su director Javier Ruiz Caldera. Hoy era nuestro último día, y no teníamos demasiado trabajo por delante. Volvemos a la exposión, compramos unos imanes y unas camisetas y nos despedimos del paseo marítimo. Cargamos los móviles en el Hotel Meliá y nos encontramos con Jonathan Breck, El Creeper en la magnífica Jeepeers Crrepers (Victor Salva, 2001), que se volvería a proyectar en la sección Popcorn, el último monstruo que nos ha legado el cine hollywoodiense. Muy amablemente nos saludó. No quedaba nada para ver Hope y Na Hong Jin se paseaba por los pasillos del hotel. Un “hola, nos encanta tu cine”, fueron las palabras que cruzamos. Nos dijo con una sonrisa: “me encanta vuestro país”. Y así, con la tonta felicidad de conocer al director surcoreano, nos metemos en el Auditori donde le hacen entrega del Premio Máquina del Temps.
Suena por última vez Carrie de Europe antes del inicio de la película y vemos la cortinilla del Kong cogiendo una avión y lanzándolo al suelo ante el aplauso del público. Hope comienza tan rápida y dinámica que nos deja pegados a la butaca. Es pura acción trepidante, con mucho humor y surrealismo. Persecuciones a coche, caballo, corriendo, saltando, con metralletas, pistolas… Nos marchamos del Auditori con mucha emoción en el cuerpo. Cuando regresamos a nuestra ciudad la sensación de vacío es enorme. Habíamos estado varios días de auténtico frenesí y de horarios muy marcados y ahora, la tranquilidad. Sitges es otro mundo, un mundo lleno de emociones, hermandad y pasión por el cine de terror. Ahora la canción Carrie ha cobrado otra dimensión ¡Larga vida al fantástico!
Un video de nuestro paso por Sitges 2026

