Europe, que nunca llegue el final

Javier Lizán

¿Quién no ha cantado en cualquier verbena de las fiestas del pueblo The Final Countdown de Europe? Vale, vale, igual exagero, habrá quien haya tenido la suerte y quien no, pero molaría que fuese algo universal. Esa canción fue nº1 en 25 países en 1986. Habrá quien ni los conozca (mi pésame), o quien piense que fueron un one hit wonder (respiro y cuento hasta 10 como dice mi psicólogo), pero lo más habitual es conocer únicamente dicho éxito y alguno más. ¡Lástima!

Como ya imaginarás, este no es un artículo nostálgico centrado en los años dorados del grupo y del rock duro en general. Sería además raro viniendo de alguien que llevaba pañales cuando firmaron aquel grandísimo hit mundial. Eso sí, crecí con un recopilatorio de grandes éxitos que compró mi padre, un softrocker amante de las grandes baladas rockeras de los 80. Y claro, cuando en 2003 supe que se reunían, tenía una expectación enorme [nota del autor: he evitado a propósito utilizar el término hype y la frase se entiende perfectamente, ¿veis chavales? ¡el castellano “antiguo” es muy rico!]

Con esas, les vi en Barcelona, y fue inolvidable. Pero también me sorprendió que incluyeran 6 cortes del álbum con el que regresaban. Y es que desde dicho regreso han defendido orgullosamente esa prolífica segunda fase. Porque Europe son una gran banda con un enorme legado musical, no sólo en los 80, sino también a partir de los 2000. Poneos auriculares (los ipods, bro) y desgranemos los rincones sonoros de su trayectoria:

La etapa clásica del combo se compone de 5 discos. Si eres amante del célebre sonido NWOBHM tienes que rescatar los dos primeros, ya que tienen un equilibrio perfecto entre dicho estilo, patente en temas como Lyin’ eyes, y el rollo melódico y comercial que caracterizó a la banda, con cortes como Stormwind o la conocida Seven doors hotel, aunque prefiero rescatar uno que sobresale por “cañero”, el frenético Scream of Anger, con una intro en la que John Norum tira de pedal que da gusto:

Del gran álbum clásico The final countdown poco se puede decir que no se haya dicho ya. La verdad es que es un discazo sin paliativos, lleno a rebosar de hits, grandes éxitos que no faltan en su repertorio. Hasta los cortes menos conocidos como Danger on the track tienen ese potencial arrollador. ¡Incluso On broken wings, oculta cara B de su primer single, era todo un temazo!

El álbum de la supuesta resaca, ya sin John Norum a la guitarra (por cierto, qué gran personalidad saliendo de la banda en pleno auge para seguir su propio camino) reduce las revoluciones y se dulcifica más si cabe, aunque no por ello bajaba el listón. No cosechó las mismas cifras, pero no fue por falta de grandes canciones como Superstitious o Let the good times rock, una de mis favoritas con esa brillante y melódica intro de guitarra a cargo ahora de Kee Marcelo.

El último elepé de ese periodo, Prisioners in Paradise, llega en 1991, mal momento para el hard rock ochentero. La apuesta del quinteto fue un notable giro hacia tesituras más americanas, aún más comercial si cabe. En las primeras escuchas reconozco que los maldije desde lo más metalero de mi ser, pero confieso que me fue ganando poco a poco hasta afirmar que, dentro de dicho género, es un muy buen disco con cortes accesibles, directos y con unos estribillos pegadizos que, al fin y al cabo, era la marca de la casa.

Vamos a excavar más alrededor de este álbum. Imagino que no tenían claro ese giro musical, porque años después recuperaron un puñado de temas de las demos de grabación del disco, y predominan canciones que encajaban más en sus anteriores producciones, como A long time coming, una perla escondida como bonus track en ediciones posteriores, y que no puedo evitar sugerirte, pedirte, ¡suplicarte que lo escuches!

Cansados del ritmo que implicaban las giras interminables y las grabaciones entre medias, deciden parar, dejando un vacío en el rincón más melódico que cualquier rockero alberga en su corazón. Para los verdaderos creyentes, o quien tuvo la fortuna de seguir la carrera en solitario de Norum, el destino nos regalaba tan sólo un año después la colaboración (también en la composición) del vocalista Joey Tempest en We will be strong, un tema que bien podría haber aparecido en cualquier disco de la época gloriosa de los suecos.

En contra de lo que ha ocurrido en otras bandas, Tempest y Norum seguían siendo buenos amigos (ya lo eran cuando fundaron Europe), tanto que una década después, cuando deciden regresar, lo hacen con dicho guitarrista fundador.

Y ahí comienza la segunda etapa, ya más madura, sin el pelo cardado ni las pintas de los 80, algo bastante razonable: su público adolescente de antaño son ahora “viejóvenes” (en el mejor de los casos) y también ellos tienen otras inquietudes musicales. Curiosamente han editado más redondos en esta época (un total de 6) en la que, con mayor o menor acierto, dejan claro que no se les puede acusar de estancarse ni vivir del pasado. Como dije anteriormente, en sus repertorios incluyen también composiciones más actuales. Y tienen buenas razones para ello:

Start from the dark daba el pistoletazo de salida para esta nueva aventura. El comienzo del álbum es claro, el crudo riff de inicio es una declaración de intenciones: rock más moderno, más maduro, elegante si quieres, composiciones más complejas… aunque personalmente se me antoja algo falto de fuerza, gancho, o punch que dicen los modernos. Pero no pasa nada, sólo es mi opinión, y además a Europe se le perdona todo por dos motivos: 1) porque después de las bandas Asia y America hacía falta un grupo con ese nombre, y 2) ¡su siguiente creación es un pepinazo!

Todo lo dicho anteriormente (madurez, elegancia, detalle) pero esta vez sí, con melodías ganadoras, tanto vocales como de riffs, con un John Norum protagonista a lo largo de Secret Society, un disco buenísimo (aunque, dicho sea de paso, con una portada fea a más no poder):

Se podría decir, resumiendo, que esta segunda fase trae consigo músicos más experimentados, con mayor trayectoria y seriedad, pero que también se permiten desmelenarse, como bien muestra The beast de su tercer álbum de ese periodo, ¡con un riff absolutamente demoledor!

En esos años se pueden percibir sus influencias de manera más clara, como el natural viaje a las raíces de quien valora sus orígenes. Su 4º elepé, Bag of bones, queda en mi opinión algo por encima de los posteriores, con aires clásicos que resuenan en mis oídos a los venerados pioneros de nuestro rollo, de nuevo con Norum protagonista, pero también con un Ian Haugland a las baquetas que se luce en la “zeppeliana” Doghouse o en el bonus track de la edición japonesa (atención: ¡joya oculta!) llamado Beautiful disaster:

En su último LP también muestran sin pudor dichas influencias en composiciones como GTO, esta vez con Mic Michaeli vertebrando con su teclado todo el corte al más puro estilo del mismísimo Jon Lord:

Sólo se les puede reprochar que hace ya 7 años de aquello, amén de un single de hace un par de años. Dado el historial de la banda, yo pagaría a ciegas por un nuevo puñado de canciones.

En cualquier caso, los 11 discos de los suecos forman un variado y completo mosaico sonoro que te hará viajar a lo largo de cuatro décadas desde sus ilusionantes inicios, pasando por su época dorada y sus coqueteos americanos, hasta su segunda etapa que se alarga ya más de 20 años y en la que han facturado de forma honesta excelentes álbumes, convirtiéndose por derecho propio, por pasado y presente, en toda una referencia dentro de nuestro preciado “ruido”.