Lo sé, lo sé, el título del artículo suena a coña. Evidentemente es un grupo de rock reconocidísimo y que consiguió trascender el éxito dentro de un género para alcanzar altas cotas de popularidad fuera de él, llegando a un público mucho más amplio, o como se dice ahora en plan moderno, convirtiéndose en mainstream.
Pero justamente por eso, al igual que ha ocurrido con otras bandas como Europe o Whitesnake (en menor medida), gran parte del público no ha llegado a navegar fuera de los confines de su época más exitosa o incluso de sus hits habituales. ¡Se pierden mucho! Por eso me he decidido a abordar la extensa trayectoria de los alemanes capitaneados por Klaus Meine y Rudolf Schenker, los cuales rondan ya las 6 décadas de recorrido musical, desde 1965, ¡ahí es nada! Dejaremos los rollos biográficos a un lado para centrarnos en su música, la cual podemos dividir grosso modo en decenios coincidentes con etapas más o menos diferenciadas.
Como la mayoría, mi primer contacto con la música de Scorpions fue gracias a sus éxitos de los 80, en especial Still loving you, que nos ponía mi padre siempre que podía, alcanzando el estatus de B.S.O. (banda sonora obligada) en cualquier viaje al pueblo de la familia. Sigue siendo una de las pocas canciones que no me canso de escuchar. Pero vamos al grano, ¡que ya me estoy liando!

Los ácidos 70
La década de los setenta es la gran desconocida y, en gran parte, culpable de este artículo. Me adentré en ella junto a uno de mis hermanos gracias a un recopilatorio llamado Hot & Slow: Best Masters of the 70’s. Un título muy acertado, ya que la tónica general de esa etapa musical eran los ritmos más lentos, más psicodélicos e incluso sensuales.
Las reminiscencias hippies eran evidentes en cortes como They need a million, editada en 1972, o la que daba título a su tercer álbum, Fly to the rainbow, ambas con una intro marcada por el punteo de guitarra flamenca y unas melodías que podrían haber compuesto tumbados en las praderas del Woodstock del ’69.
Si algo, en mi opinión, caracterizó esos años fue la aportación a la guitarra de Uli John Roth, un virtuoso del instrumento que dejó su huella en multitud de cortes como Speedy’s Coming, con un inicio espectacular, Dark lady o una de mis canciones favoritas del combo: Longing for fire. El tema comienza con unos coros rollo “paz y amor”, seguidos de unas melodías con un aire nostálgico y entonces, ¡ahí está!, el solo estratosférico de Uli, con una energía impresionante que te eriza la piel.
Para gran parte del público, Scorpions se asocia a baladas y, aunque realmente eran minoría en cada disco, no faltaban ya en esos años grandes ejemplos como In your park, Yellow raven o la mítica In trance, que quedaría inmortalizada en un directo para la historia llamado Tokyo Tapes. Este álbum en vivo daba buena muestra del sonido de la banda en esos años, marcados por la creciente popularidad que alcanzaban, especialmente en Japón, donde alcanzaron disco de oro con sus anteriores trabajos, y en Francia, donde hicieron lo propio con el citado disco.
Por otro lado, fue un punto de inflexión en el sonido del grupo, que a finales de ese ciclo se acercaba cada vez más al hard rock de la época, comenzando una nueva fase en 1979 con el disco Lovedrive, ya sin Uli John Roth, que amistosamente quiso mantenerse al margen de un sonido y letras cada vez más accesibles.
Los 80, el éxito mundial
Musicalmente entramos en su etapa más potente, con 4 discos inigualables, desde Lovedrive hasta Love at first Sting, ¡a cuál mejor!, llenos hasta arriba de buenas canciones, estribillos con pegada (y pegadizos), ritmos marcados a fuego, los melódicos solos de Matthis Jabs (digno sustituto de Uli)… y también grandes baladas: Always somewhere, Lady Starlight o When the smoke is going down son auténticos caramelos que eran anteriores y abrían camino a Still loving you de 1984, la balada de rock duro por antonomasia.
Como escribí unas líneas atrás, no me canso de escuchar ese tema, y además, siempre me gustó el hecho de que alcanzara tal popularidad sin dejar de lado la distorsión de las guitarras eléctricas, muy presentes y sólidas en toda la composición, incluyendo un solo para el recuerdo absolutamente épico.
Como decía antes, en contra del imaginario colectivo, en sus discos no predominan las baladas sino los cortes potentes, y más aún en el período que nos ocupa, donde desarrollaban su faceta más heavy, estilo que repuntaba en la escena musical en aquellos -maravillosos- años. Además de las infalibles en sus conciertos (Rock you like a hurricane, Bad boys running wild, Blackout, Big city nights, etc), en los discos tratados había verdaderos trallazos como la machacona Can’t get enough, las veloces Now y Dynamite (ambas aupando al disco Blackout a ser el más rápido del combo), o la melódica I’m leaving you; todas ellas canciones por las que bien vale la pena escarbar por todos los rincones de la discografía de los germanos.
A mediados de esa década quedó registrado un disco en directo, fruto de mastodónticas giras mundiales y que, como el citado anteriormente, resumía muy bien el sonido de ese ciclo y marcaba un cambio de rumbo, palpable ya en su siguiente redondo (Savage amusement), que suavizaba el sonido del quinteto dando una idea de lo que depararían los siguientes años.
Los 90, el bajón
Vale, vale, ya sé que a nivel de ventas llegaron a lo más alto (vamos, que se forraron). Fue su elepé de 1990, Crazy world, con composiciones indispensables como Send me an angel, pero, sobre todo, su archiconocido hit mundial: Wind of change, una power ballad convertida en banda sonora del hermanamiento y reencuentro tras la caída del muro de Berlín. Super emotiva en algún directo mientras proyectan imágenes de aquel momento histórico.
Pero (aquí viene el “pero”) en líneas generales fueron decayendo conforme avanzaba el decenio. No negaré temas geniales, especialmente en el citado LP, que desearía componer cualquier grupo, como el bailable Kicks after six o, curiosamente, uno de sus singles más oscuros y pesados, con un riff rozando lo tétrico y una batería demoledora: Alien nation.
No obstante, como decía, mostraron una progresiva falta de creatividad (natural por otro lado), un acercamiento a sonidos demasiado poperos y el culmen en 1999 con un disco de cuyo nombre no quieren acordarse. Y no es una exageración cervantina: ellos mismos lo ocultan de su catálogo en Spotify.
Pero (y aquí el “pero” positivo) el perdón es una virtud y con Scorpions casi una obligación. Al fin y al cabo, fue el signo de una década en la que el rock duro de corte clásico vivía sus peores momentos.
Los 2000, el regreso
El acercamiento, un rayo de esperanza, la luz al final del túnel… ¡ok, ya paro!
Los vientos rockeros resurgían en el nuevo milenio, principalmente en Europa. Un soplo de aire heavy que empujó a los alemanes a volver a la escena. Primero tanteando el terreno con los típicos acústicos y grabaciones con orquesta. Este último, por cierto, con algún crossover junto a la filarmónica de Berlín sin ningún desperdicio, aunando la fuerza del rock duro y la majestuosidad de la música sinfónica
Editaron también un par de discos sin mucha repercusión, pero con los que se acercaban a sonidos más actuales (por supuesto dentro del rock/metal, no queremos más sustos). Resaltaría New generation, que abría su primer disco de estudio de los 2000 y tiene un potente riff que da buena muestra de esa leve modernización de su sonoridad; y también me quedo con una perla oculta en esos años, Blood too hot, melódico y cañero a más no poder, con un estribillo de lo más salvaje de toda su trayectoria.
Pero lo trascendental de esos años es que volvían al redil, se dejaban ver nuevamente en ambientes de rock duro, festivales como aquel -para mí- inolvidable Lorca Rock del año 2003 donde pude verlos por primera vez, etc.
2010, para siempre
La segunda ola de rock/metal que recorría Europa toca a su fin, pero parece importarles poco. Scorpions siguen a lo suyo. Y nunca mejor dicho, pues en 2010, pareciera que cansados de intentar adaptarse musicalmente a los nuevos tiempos, editan Sting in the tail, que es lo más parecido a viajar 30 años atrás: sin complejos, haciendo lo que mejor saben, consiguen un redondo colmado de grandes temas impregnados de la esencia de su época gloriosa.
Energía a raudales en cortes como Raised on rock o también Spirit of rock (todo muy “rock”, ¡vaya que sí!), sendos pepinazos que podrían estar en cualquiera de sus álbumes ochenteros, pero también grandes baladas “marca de la casa” como Sly o la preciosa Lorelei. Resumo: un absoluto discazo.
Aún les quedaba mecha en Return to forever (2015), un gran disco, más arriesgado e inquieto musicalmente, con alguna concesión más comercial si cabe, pero sin perder su capacidad de crear ritmos imparables y estribillos perfectos como en Hard rockin’ the place o la coreable All for one. Me sorprende el más que digno nivel de creatividad tras tantos años de carrera musical, también en Rock believer (2022), ya con un Klaus Meine más limitado vocalmente (¡qué menos a sus 74 tacos!), pero dejando aún unos cuantos buenos tracks siguiendo su propia estela.
Aún así, el paso del tiempo va dejando su huella, con la banda a punto de cumplir los 60 años sobre las tablas. Quizá sean las últimas picaduras del escorpión, aunque de momento parecen reacios a dejar de componer y tocar en directo. Disfrutemos, en cualquier caso, de lo que venga y, especialmente, del inmenso legado musical que acompaña al nombre de SCORPIONS.

