Reconozco que no tenía ninguna referencia previa del joven cineasta texano Cooper Raiff, que además, en esta serie se erige como director, guionista, coproductor, montador y coprotagonista de los 9 capítulos que podéis disfrutar en Movistar Plus+. ¡Solo le falta haber preparado los cafés del catering para ser un absoluto hombre orquesta! Una producción muy indie que mantiene un pulso íntimo, agridulce y casi confesional (parece que hay mucho de su vida personal en esta obra). El resultado es un retrato conmovedor y arriesgado sobre los lazos entre hermanos, las heridas de la infancia y el vértigo de crecer cuando el mundo emocional se tambalea.
La historia se estructura en dos líneas temporales: la infancia de Hal y Harper, y su vida adulta, marcada por las secuelas de una orfandad temprana y un padre emocionalmente ausente donde Mark Ruffalo regresa al estilo formal e independiente que le vio nacer como actor. Véase ‘You Can Count on Me’ (2000) o ‘Begin Again’ (2013), entre otras muchas.

El recurso más audaz de la serie —que los propios actores adultos interpreten también a sus versiones infantiles— no es solo un gesto formal provocador, sino un mecanismo poético que acentúa la sensación de desajuste, de niñez robada y de madurez prematura. Ver a Cooper Raiff y Lili Reinhart encarnando a sus personajes con 7 y 9 años, respectivamente, produce un extrañamiento inquietante que por momentos roza lo ridículo y que si el espectador consigue lidiar con ello, caerá rendido al resto de la propuesta.
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Hal y Harper son, en esencia, dos almas codependientes que han aprendido a sobrevivir aferrándose el uno al otro. La serie los muestra en pleno proceso de madurez: ella intentando salvar su relación con Jesse (Alyah Chanelle Scott), mientras afirma su identidad; él buscando significado tras un encuentro casual con Abby (Havana Rose Liu), que se convierte en una figura de proyección más que de vínculo real. Ambos oscilan entre el deseo de independencia y la necesidad de refugio mutuo, construyendo un vaivén emocional que Raiff explora con notable sutileza.
Uno de los logros mayores de ‘Hal & Harper’ es cómo sus personajes transitan sin estridencias, a través de diálogos aparentemente sencillos, pero cargados de subtexto, y gestos mínimos que dicen mucho más que las palabras. En este sentido, la interpretación de Lili Reinhart merece una mención especial: su Harper es frágil pero decidida, generosa pero cansada, una mujer joven que carga con la doble tarea de cuidar y curarse. Una actriz que recomiendo seguir muy de cerca y, que por momentos me recordaba -no solo por algunos rasgos físicos- a intérpretes de la talla de Florence Pugh o Scarlett Johansson. Una combinación explosiva, ¿verdad?
La serie también destaca por su tono cuidadosamente equilibrado. Hay momentos de humor delicado, casi involuntario, que emergen en medio del dolor como mecanismos de defensa. Raiff sabe que en la vida real los chistes malos a menudo aparecen cuando las emociones amenazan con desbordar, y por eso ‘Hal & Harper’ resulta tan auténtica: porque en su caos emocional hay una lógica humana profundamente reconocible.
La música original y la selección de temas indies, contribuyen a reforzar esa atmósfera de melancolía serena, de dulzura en la lucha.
‘Hal & Harper’ se aleja, y mucho, de la tendencia actual de series apocalípticas y distópicas (‘El eternauta’, ‘The last of us’, ‘Black mirror’) y tampoco es una serie para todos los públicos. Su ritmo pausado, sus riesgos formales y su foco casi exclusivo en los vínculos afectivos la alejan del drama convencional. Y quizá, precisamente ahí, radica su fuerza: en su negativa a simplificar el dolor, en su apuesta por lo ambiguo, por lo que no se dice.

